Finnie Walsh – Steven Galloway

Título: Finnie Walsh
Título original: Finnie Walsh
Autor: Steven Galloway (1975 – )
Año: 2000
Traductor: Manuel Manzano Gómez
Editorial: El Aleph
Fecha de edición: septiembre 2011
Páginas: 183
-

Valoración: 5 /10

 

La todavía tierna amistad entre Paul Woodward y Finnie Walsh queda marcada por un grave accidente laboral que deja al padre de Paul incapacitado para seguir trabajando. Los chavales, que entonces tienen siete años, se sienten responsables de lo sucedido, y ese peso condicionará sus vidas, especialmente la de Finnie.

Es esta una de esas historias en las que conocemos y seguimos al personaje principal a través de la mirada reverente de su mejor amigo. En este caso es Paul Woodward quien nos cuenta la historia de Finnie Walsh. Huérfano de madre, e hijo del hombre más rico de la ciudad, Finnie desprecia cualquier indicio de ostentación, y se pasa el día con la humilde familia de su amigo. De hecho, parece entender al padre y a las hermanas de Paul mucho mejor que el propio Paul.

La ópera prima de Steven Galloway, del que ya se publicó en España El violonchelista de Sarajevo, se sitúa a mitad camino entre las películas más familiares de Rob Reiner y las de equipos deportivos juveniles que suelen poner en televisión a media tarde: es ligera, amena y bienintencionada, lo que no está mal; pero también excesivamente blanda y hueca. Galloway dota a todos sus personajes de algún rasgo peculiar: Bob Woodward, a raíz del accidente, se convierte en un hombre excéntrico que se pasa las horas en el porche leyendo todos los números de la National Geographic desde la creación de la revista; Pal, su vecino, anda desesperado porque alguien le roba una y otra vez, durante años, el brazo ortopédico; Louise, la hermana mayor de Paul, se muestra introvertida y poco sociable con todo el mundo menos con Finnie; y Sarah, la menor, es una niña rara que tiene premoniciones y va a todas partes con un chaleco salvavidas porque cree que morirá ahogada. Pero esto no les da profundidad. Como mucho, le sirve a Galloway para trazar en el argumento algunos caminos secundarios que, en general, acaba resolviendo de un modo poco original.

En mi opinión, esta novela habría hecho mejor papel en una colección de literatura juvenil. Y conste que esto es lo menos negativo que he dicho hasta ahora. Hay libros estupendos en las colecciones juveniles (véase Hoyos, de Louis Sachar, p.ej.) pero eso no significa que convenga sacarlos de esa «sección». En primer lugar, porque los chavales no accederían tan fácilmente a ellos (aunque cabe la posibilidad de hacer dos ediciones distintas); y en segundo, porque cuando un adulto se anima a leer algo clasificado como «literatura juvenil», está predispuesto a aceptar ciertas cosas, y de ese modo es menos probable que se sienta decepcionado con un libro como Finnie Walsh.

La versión de Barney – Mordecai Richler

Título: La versión de Barney
Título original: Barney’s Version
Autor: Mordecai Richler (1931 – 2001)
Año: 1997
Traductor: Miguel Martínez-Lage
Editorial: Sexto Piso
Fecha de edición: 2011
Páginas: 580
-
Valoración: 8 /10


Barney Panofsky es un judío afincado en Montreal que ha hecho fortuna como productor de lo que él mismo considera televisión basura. Un sesentón aquejado de ciática, con problemas de próstata y fallos de memoria cada vez más frecuentes; fumador de habanos; alcohólico; apasionado del hockey sobre hielo; sospechoso de asesinato (condición esta de la que no lo libró la absolución del jurado); empecatado; provocador; con tres fracasos maritales sobre los hombros…

Para entendernos: si Barney Panofsky fuera nuestro abuelo, apenas lo conoceríamos, porque nuestros padres habrían procurado mantenernos alejados de su influencia; si fuera nuestro padre, tendríamos contacto telefónico con él de cuando en cuando, pero eso después de habernos instalado con nuestra propia familia a una distancia prudente (trescientos kilómetros ya están bien; pero tres mil, mucho mejor); si fuera nuestro suegro, evitaríamos , incluso, cogerle el teléfono, y nos echaríamos a temblar cada vez que nuestro marido/nuestra esposa se sintiese en la obligación de invitarlo a pasar unos días en casa (suerte que a ese viejo ya no hay quien lo arranque de Canadá); si fuera nuestro amigo, habríamos demostrado, como mínimo, poseer un carácter fuerte, y seguramente ya nos habríamos pegado con él en alguna ocasión sin menoscabo de nuestra amistad; y si fuera nuestro marido… bueno, ese sería el peor de los casos, porque Barney es uno de esos tipos corrosivos que van desgastando poco a poco a todo el que tienen cerca, aunque se trate del amor de su vida (eso por no mencionar que es capaz de enamorarse perdidamente el día de su boda, y no precisamente de su esposa).

Pero se da la feliz circunstancia de que el lector de esta magnífica novela está fuera del radio de acción de su protagonista, lo que significa que puede ponerse cómodo y disfrutar de la irreverencia, la mordacidad, y también la bondad del incorregible Barney Panofsky, que ha decidido ofrecernos su versión de los hechos, y advierte que lo va a hacer «exactamente como le venga en gana»: esto es, yendo adelante y atrás en el tiempo para relatarnos caprichosamente momentos más o menos relevantes de su vida hasta llegar al día clave en la casa del lago.

Lo que Barney pretende conseguir, principalmente (aunque quizá sea más apropiado decir «inicialmente»), es convencer a todo el mundo de que él no mató a Bernard «Boogie» Moscovitz; probar que, de hecho, no tenía ningún motivo para hacerlo. Pero da tantos rodeos antes de abordar el asunto en cuestión, que el resultado es un repaso a buena parte de su vida: desde que se fuera a París a principios de los 50 para, rodeado de artistas pero sin llegar a sentirse uno de ellos, disfrutar de la bohemia, hasta que, cumplidos los 67 años, el Alzheimer lo inhabilita para seguir con el manuscrito; quedando su primogénito, Michael, encargado de acotarlo y de ponerle un colofón triste con sorpresa final incluida.

A la postre, el león es menos fiero de lo que parecía, y La versión de Barney no es tanto un ajuste de cuentas con el pasado como el autorretrato brutalmente sincero de un hombre que se siente, sí, culpable, pero no precisamente de lo que se le imputa.

Terminada la lectura, cuesta aceptar que este libro, con madera de clásico, no ha sido escrito realmente por Barney Panofsky, sino por un tal Mordecai Richler que ha tenido el buen gusto y el talento suficientes para desaparecer, dejándonos a solas con su personaje.

A merced de la tempestad – Robertson Davies

Título: A merced de la tempestad
Título original: Tempest-Tost
Autor: Robertson Davies (1913 – 1995)
Año: 1951
Traductora: Concha Cardeñoso Sáenz de Miera
Editorial: Libros del Asteroide
Fecha de edición: enero de 2011
Páginas: 339
-

Valoración: 7 /10


Hector Mackilwraith, el personaje con más peso en esta novela coral, es un profesor de matemáticas respetado por todos (incluso por sus alumnos) que ha hecho de la planificación y el sentido común las guías de su vida. A los cuarenta años, y coincidiendo con la proposición de un ascenso al cuadro de examinadores del sistema provincial, más la perspectiva de un puesto en la Delegación Provincial de Educación («¡el paraíso musulmán de los maestros ambiciosos!»), el señor Mackilwraith se replantea su situación y decide que, si bien en lo laboral está logrando todo lo que quería, quizá ha descuidado un poco el aspecto social de su vida, de modo que difiere la decisión de aceptar el cargo y se las arregla para conseguir un pequeño papel en la obra de teatro que van a representar los aficionados del Teatro Joven de Salterton, del que es tesorero.

En esta obra también participa Griselda, la hija mayor del acaudalado George Alexander Webster (que se ve obligado a ceder su preciado jardín al grupo de aficionados), una joven atractiva de dieciocho años cortejada por varios jóvenes y que, como no podía ser de otra manera, se convertirá enseguida en el objeto de adoración de Hector. El problema es que éste, pese a tener muchos más años que los otros pretendientes, es también mucho más ingenuo e inexperto en esas lides y, en consecuencia, sufrirá más que ellos.

Si alguno de ustedes no cuenta con la garantía de haber leído anteriormente a Robertson Davies, y siente reparos (o, directamente, pánico, como yo) hacia las obras narrativas (ya sean cinematográficas o literarias) que giran en torno a otro arte, no debería alarmarse al leer la contraportada de este libro y ver que trata de un grupo de aficionados al teatro que se proponen representar La tempestad, pues esto no es más que un pretexto para juntar a un puñado muy variado de personajes en un ambiente bien conocido por el autor. La representación ocupa apenas unos pocos párrafos al final, así que no hay de qué preocuparse.

Davies debutó en la novela con esta obra, primera parte de lo que acabó siendo la Trilogía de Salterton, y lo hizo con mano firme. Claro que no era ningún jovencito bisoño. Tenía 38 años, experiencia de sobra como escritor en otros ámbitos (teatro, crítica, ensayo) y, para qué engañarnos, muchísimo talento. Además tuvo la prudencia de no acometer una obra ambiciosa. Decidió debutar con una comedia elegante y ligera. Una historia sencilla sobre un hombrecito vestido de gris que decide poner algo de color en su vida.

Desde que lo editó Libros del Asteroide, una de mis recomendaciones preferidas es El quinto en discordia. Fue lo primero que leí de Robertson Davies y uno de los libros más redondos que han aparecido por aquí en los últimos años. La historia de A merced de la tempestad no tiene el mismo nivel, pero leer a Davies es siempre un placer, porque su prosa alcanza un equilibrio casi milagroso entre riqueza y fluidez. Mejor dicho: la fluidez, en este caso, es fruto precisamente de la riqueza de la prosa y del talento de Davies para administrarla. Con el canadiense no cabe hablar de frases cortas o frases largas; cada una de sus frases tiene la medida y la cadencia necesarias para no llamar la atención.